El juego de Évole y los golpes en el pecho.

  • Jordi Évole le ha pegado ayer un buen meneo a periodistas y televidentes en general con su Operación Palace.
  • Los golpes en el pecho de algunos profesionales del medio muestran la necesidad del trabajo de Évole.

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Domingo. Nueve y media de la noche. Comienza en LaSexta #OperaciónPalace, el programa de Jordi Évole y su equipo sobre el 23F. Se ha anunciado diciendo “¿Puede una mentira explicar una verdad?, junto a constantes peticiones de su creador para el los espectadores visionen su contenido hasta el final.

Pasan los minutos y empiezan a desfilar políticos, periodistas y agentes del CESID. Yo me lo creo.

 

Twitter y los grupos de Whatsapp arden. Todo el mundo lo está comentado. Todo el mundo lo sigue comentando.

No sé muy bien cuando fui consciente del engaño. Quizás cuando Ansón hablaba de tetas. O cuando Garci relataba ese surrealista ensayo general. O cuando dijeron que las FCSE no habían entrado esa noche en RTVE. Si sé que durante unos minutos quise seguir creyendo. Después me sentí estafado. Yo quería periodismo de investigación y me estaban proponiendo un juego.

Al final, fui consciente de que el juego no era tal. Se pretendía abrir varios debates, y se ha conseguido. Este país está hablando de lo manipulables que somos, del (des)prestigio del periodismo y de las lagunas que tiene el relato oficial del 23F.

Como era de esperar, al periodista de Cornellá le han llovido palos y alabanzas a partes iguales. Centrándome en los primeros, no puede dejar de sorprender que algunos representantes de la autoproclamada prensa seria digan que el programa de ayer contribuye a la desmemoria o que es vergonzoso (twitt de Antonio Rubio), cuando son sus medios “serios”, concretamente El Mundo y El País, los que con sus incestuosas relaciones con el poder político, y su pasión por las conspiraciones, más han dañado la imagen prensa en este país.

También me extrañan ciertos golpes en el pecho de autoproclamados catedráticos del oficio de contar de manera sencilla lo que sucede. Varios ejemplos. Salvador Alsius, director académico de los Masters en Periodismo del IDEC-UPF, lamenta el prestigio perdido para alguien con su trayectoria, distinguida con numerosos premios y reconocimientos periodísticos. Juan Larzábal, tras evocar viejos lemas, le quita el título de periodista a Évole cuando dice “todos los Darth Vader de la información hacen posible que Jordi Évole ocupe nuestro espacio natural”. Al igual que Pedro Gómez Damborenea, también presto en la labor de repartir títulos de periodismo de una forma patética.

Finalmente me guataría reseñar algunas críticas directamente absurdas, destacando:

Elsa González, presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), e inspirada por Dinio, quien teme que se pueda “confundir a la gente”.

Gaspar Llamazares, hablando de frivolidad en el país del chiste y el chascarrillo.

Manuel Ferrer expresando que Évole le hace un “flaco favor al periodismo de investigación”.

Héctor Braojos Muñoz expresando que el periodista catalán es una herramienta del sistema para que nunca se sepa la verdad.

Pilar Eyre olvidando su participación en decenas de programas basura feos, fáciles y tramposos.

Hay muchos ejemplos más. Es lo que tiene pegar el pelotazo de la temporada televisiva.

Personalmente, y ya que estoy citando, me quedo con la sensación que tuvo Javier Gallego,


con el testimonio de El Gran Wyoming en el debate posterior,

y con las palabras de Mariola Cubells:

¿Qué hizo anoche Évole? Arriesgarse, innovar, usar la tele para bien, vapulear mentes aletargadas. Lograr que el prestigio que él tiene diera sus frutos, (¿a santo de qué, si no, se le iban a sentar semejantes celebridades para entrar en el juego?), provocar un debate necesario (¿es normal que los documentos del 23F sigan sin poder consultarse, 33 años después?) con nuevas maneras de hacer televisión. Hacernos pensar, hacernos rabiar, convulsionarnos, matar el aburrimiento, darle vueltas al periodismo informativo en televisión, pegarnos a la pantalla y a twiter con entusiasmo, ponernos en contra de los afines.

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