La UC, una universidad pública cerrada al público.

  • Un acto de Ignacio Diego en la Universidad de Cantabria quedó eclipsado por los problemas y las protestas que le rodearon.
  • La negligente actuación de los dirigentes universitarios generó más problemas que los que pretendían solucionar.
  • El anti-democrático comportamiento de los representantes electos de los estudiantes pone en duda su legitimidad para ejercer sus cargos.
  • Aquí leerás lo que no cuenta TVE.

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El exceso de protección que rodea a cualquier cargo público en este país comienza a ser absurdo. Si esa encapsulación no sale del propio representante político, ya se encargan sus asesores, adláteres o pelotas varios de situarle en esa burbuja.

Ayer en Cantabria vivimos un ejemplo paradigmático de este sobre-resguardo. Acudía el Presidente autonómico, Ignacio Diego, a un acto abierto en la Universidad (UC) titulado Tengo una pregunta para usted, organizado por el Consejo de Estudiantes (CEUC), y que debía comenzar a las 13h. El formato del encuentro era el mismo que él de añorado programa de La1 de TVE, y el lugar elegido era Sala de Conferencias de la Torre A, del complejo La Casa del Estudiante o Las Tres Torres, tres edificios consecutivos, aparentemente separados pero conectados a través de un largo pasillo en la planta -3.

Desde el momento en que se tuvo constancia de que Diego acudiría a la UC, una organización estudiantil, Estudiantes por la Defensa de la Universidad Pública (EDUP), convocó vía redes sociales un escrache al acto –sin establecer sus características-, como protesta ante las lesivas políticas educativas del ejecutivo cántabro. Eso sí, sin apenas contar con las demás organizaciones educativas, estudiantiles y juveniles de la región.

La mañana transcurrió con tranquilidad hasta las 12:35, aproximadamente. A esa hora se dirigieron tranquilamente hacía la entrada principal de la Torre A un grupo de unos quince alumnos a los que, al ser señalados como los convocantes del escrache, tres guardias de seguridad les impidieron el paso, sin mediar explicación, ante la atenta mirada de la prensa local y de otros alumnos a los que, pese a no tener intención de participar en el posible-futuro escrache, también se les prohíbe acceder, así como a una becaria que debía entrar al edificio a trabajar.

La privatización temporal de un edificio público y abierto.

La falta de explicaciones y la cobardía de Carlos Fernández -organizador del acto como Presidente del CEUC-, que en ningún momento salió a dar la cara, enervó los ánimos de los alumnos. Para rematarlo, aseguran que el jefe de seguridad de la UC dijo, ante las protestas por no poder acceder a un edificio público, que ese día Las Tres Torres era “suyo”.

Hubo empujones por parte de los miembros de seguridad, gritos, consignas y muchos flashes.

Llegados a este punto me perdonarán que empiece a hablar en primera persona, ya que al no poder pasar por lo que podríamos denominar un primer control de entrada, me dirijo hacia la Torre C, a probar suerte, observado de camino que han dado órdenes al personal de seguridad de cerrar todos los accesos al recinto. Por lo tanto, ya no era un acto abierto, ni era la “casa” del estudiante.

La confirmación de este extremo la obtengo cuando, ante la puerta de la Torre C, un guardia de seguridad me impide el acceso, y lo justifica diciendo que ya “nadie más puede entrar al acto” previsto. En ese momento mentí para poder pasar este segundo control, pues dije que mi intención era hacer un papeleo en Gestión Académica. Iba con otros dos compañeros y mis reflejos me permitieron entrar. Pero solo a mí.

Una vez dentro me dirijo al ascensor, con toda la tranquilidad, y con la esperanza de que el guardia de seguridad no se percate de que la excusa que le he puesto está situada en la misma planta en la que estoy. El ascensor tarda una eternidad en llegar (casualmente le estaban haciendo una prueba de ruido), y durante esa eternidad unos ocho alumnos consiguieron despistar al personal de seguridad y forzar la puerta por la que yo había entrado. Hay carreras y desorientación, y después llegaron más guardias a la caza de estudiantes escurridizos. Yo a la puerta del ascensor, como si la fiesta no fuese conmigo.

Por fin llega. Bajo a la planta -3. Doy cuatro pasos y me cruzo que otros dos guardias. A mis espaldas oigo: “¿Éste se nos ha colado?”. Empieza uno de ellos a caminar detrás de mí. Subo por las primeras escaleras que me encuentro, simulando que voy a alguna de las dependencias de ese edificio. El guardia de seguridad frena sus pasos cuando me ve enfilarlas y me pierde de vista. Yo cojo el ascensor para volver a bajar. Ya había evitado otro control.

“¿Carlos, a éstos les conoces? ¿Les dejo pasar?”

Continúo mi camino hasta lo que parece el final del pasillo de la planta -3, pero tanto sube y baja me ha desorientado. Me encuentro esperando al ascensor a dos chicas, y las pregunto si estoy bajo la Torre A, a lo que me contestan que sí, y dónde es el acto de Ignacio Diego, a lo que me responden que es a donde ellas se dirigen, por lo que me ofrezco a seguirlas. Llegamos hasta la puerta de la Sala de Conferencias, situada justo enfrente de la puerta principal, donde las airadas y lógicas protestas de los alumnos continuaban. Y allí, justo a la puerta del lugar en el que se iba a celebrar el acto, tengo que pasar un cuarto control de acceso, pues otro guardia de seguridad nos indica que nos detengamos y llama a Carlos Fernández, Presidente del CEUC, con la pregunta: “¿Carlos, a éstos les conoces? ¿Les dejo pasar?”. Para pasar desapercibido me sitúo detrás de las dos chicas. Por suerte, eran amigas o conocidas del Sr. Fernández, que contesto “si, las conozco, déjalas pasar”. Y mientras el guardia se echaba a un lado, y un sobrepasado y molesto Carlos Fernández saludaba a sus amigas, consigo entrar a la Sala de Conferencias. Lo que allí me encontré fue muy triste.

“Así no se puede hacer nada, deja entrar a más gente”

Había unas once personas, varias de ellas responsables de Nuevas Generaciones del Partido Popular, y noté que todas se conocían entre ellas. Incluso dos me miraron con la extrañeza que se mira a aquello que no acabas de ubicar en el lugar en que lo encuentras. Por suerte, entre esos once jóvenes (poco después se nos unirían el Rector, José Carlos Gómez Sal, junto con otros cargos de la UC) estaba una convecina que me saludó con la simpatía de siempre, y me presentó a la mitad de los asistentes, los cuales estaban nerviosos porque “se había colado gente” en el edificio (público), llegando a la conclusión de que “los seguratas son muy tontos” por no poder evitar dicha penetración. Los gestos compungidos y las quejas contra “esos salvajes” se hacían palpables cada vez que las protestas llegaban a nuestros oídos desde fuera.

Mientras tanto, en la calle, como reacción ante la prohibición de su entrada, EDUP decidió impedir a su vez el acceso de otras personas, lo que generó momentos de tensión a dos bandas: entre los guardias de seguridad y los miembros de EDUP, y entre éstos y otras personas que quería acceder al acto, pues en ese momento se habían relajado los impedimentos para poder entrar, curiosamente gracias al protagonista del mismo.

El Presidente Ignacio Diego, que había entrado a la Casa del Estudiante desde el acceso para vehículos, llego pasadas la una del mediodía acompañado por su séquito y, al ver el desolador panorama que presentaba la sala, señaló a Carlos Fernández que “así no se puede hacer nada, deja entrar a más gente”, algo que también pidió al Rector.

Finalmente, entró a goteo otra docena de personas, varias de ellas gracias a artimañas como la mía, la prensa ocupó su lugar y comenzó el acto, durante el cual Carlos Fernández, sentado a la derecha de Diego, se comportó con una chulería y un despotismo indignos de cualquier cargo representativo, acusando además a quien escribe de mentir en el relato de los hechos acaecidos.

De izquierda a derecha, Carlos Fernández e Ignacio Diego ante una Sala semivacía.

De izquierda a derecha, Carlos Fernández e Ignacio Diego ante una Sala semivacía.

La Policía identifica a los agredidos y no a los agresores.

Sin embargo, todavía quedaba lo más triste, y aquí voy a tomar prestado el relato publicado en EL FARADIO:

La escolta del presidente regional ha sacado a Ignacio Diego por una de las puertas traseras. Los estudiantes que habían convocado la protesta se han dado cuenta y han tratado de evitar que salieran del aparcamiento los coches oficiales.

Según el relato de uno de los manifestantes, entre escolta presidencial y seguridad de la UC les han hecho retroceder a empujones. Entonces, uno de los escoltas le ha propinado un puñetazo en la cabeza, por la espalda, y a continuación un “bofetón en la cara” a otro (…).

Inmediatamente, los estudiantes han rodeado a los agentes de seguridad para pedir explicaciones, crispados por las agresiones, pero pronto ha llegado la Policía Nacional. Los estudiantes pedían que identificaran al escolta, pero las fuerzas de seguridad han tomado los datos a otro activista estudiantil, (…).

En su versión, la escolta del presidente y la seguridad de la UC han omitido estas presuntas agresiones, y han trasladado que se han vivido momentos de “peligro real”.

Carencias de cultura democrática. Un espectáculo lamentable.

Con todo esto, podemos concluir que este acto, que debía ser un ejemplo de comunicación entre electores y elegidos/elegibles, nos ha demostrado la falta de cultura democrática que hay en este país.

Le faltó cultura democrática al Presidente de Cantabria tanto dentro del acto, donde no respondió de forma directa y clara a pregunta alguna (después de tres años ya sabemos su argumentario –herencia recibida-, no le voy a repetir), como fuera del mismo, donde no encontró el talante para dialogar con personas críticas a su gestión.

Le faltó cultura democrática al equipo rectoral, que permitió que un edificio público, que se llama la Casa del Estudiante, quedase precintado para lo que se convirtió en un acto privado.

Le faltó cultura democrática a los miembros de EDUP, que podrían haber tenido la sensatez de no convocar públicamente un escrache (supongo que lo hicieron así temerosos de su poca capacidad de convocatoria sin el resto de movimientos y asociaciones estudiantiles críticas con el statu quo), o el valor de entrar a contraponer sus ideas con el Presidente Diego y, si no se les daba la palabra, levantar una protesta dentro, o sencillamente mostrar sus pancartas mientras exponían sus ideas.

Le faltó cultura democrática a parte de los asistentes, que protestaban a velocidad de vuelo de gaviota cuando la pregunta era excesivamente crítica, tensa o molesta.

Y le faltó cultura democrática al presidente del CEUC, Carlos Fernández, que más papista que el Papa hizo todo lo posible, hasta el ridículo, para que el acto fuese cómodo para Diego, y creyendo que la Casa del Estudiante era su pequeña taifa, decidía a la entrada quien era digno de confianza para asistir y quién no.

En resumen, un espectáculo lamentable.

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