Un buen momento para la República.

Este país vive inmerso en una crisis económica, en una crisis financiera, en una crisis política, en una crisis ética,… Crisis, crisis, crisis,…

En esta situación, cabe preguntar hoy, 14 de abril, si es un buen momento para coger el hacha… y abrir el melón de la forma de Estado. ¿Monarquía o República?

Desde el núcleo del poder político y mediático de este país se nos dice que no. Los argumentos van desde ese alambicado “no es el momento, que ya tenemos bastante”, hasta la desautorización radical pues, como ha dicho Javier Arenas, “hay que ser muy miserable para no ver el papel clave de la Monarquía”, aludiendo a abstractos e indemostrables beneficios que supuestamente genera la Corona al país, junto con la habitual sacralización del papel de Juan Carlos I en la Transición.

Para mí, son inválidos los tres argumentos porque algo hecho, y tremendamente hagiografiado, hace más de tres décadas no puede sostener la posición de un cargo público actualmente; porque yo no veo esas supuestas aportaciones del Rey al progreso; y porque si es el momento de hablar de la forma de Estado. Es más, considero que es el mejor momento. Y estos son los motivos en los que sustento esta opinión:

1º Porque es notorio que la población ya no está conforme con el papel de la Monarquía, sobre el cual el CIS no ha vuelto a publicar nada desde que la institución suspendió en octubre de 2011. Y miren que han llovido elefantes y urdangarines desde entonces.

2º Porque la actual Jefatura del Estado es un pozo de corrupción. El Rey conocía los negocios de su yerno y no les denunció; ha entregado dinero público a su amante-comisionista por no se sabe muy bien qué trabajos; sitúa a su antojo a amigos y familiares en puestos del mundo político y empresarial; no conocemos su patrimonio; se nos mintió descaradamente sobre el del su padre;…

3º Y hablando en positivo, un proceso constituyente es la base ideal para salir de esta tremenda crisis que nos asola. Tras una hipotética renuncia del Monarca, se establecería una regencia en función del artículo 59.3 de la Constitución, el gobierno derogaría la actual ley electoral, aprobando una que realmente representase los deseos de la Nación, se disolverían el Congreso y el Senado, y se convocarían elecciones a unas Cortes Constituyentes.

En esas Cortes Constituyentes se situarían las bases de un Estado del siglo XXI, entre todos los grupos políticos, sin los miedos y las ataduras que caparon el proceso Constituyente de finales de los 70, y sin permitir las corruptelas y el capitalismo de amiguetes que han campado a sus anchas por estas tierras, en un debate constante entre los políticos, y entre ellos y la sociedad. Y sobre los firmes cimientos que ese proceso formaría, no sobre los pies de barro en los que ahora nos hundimos, podríamos mirar al futuro, sustentado en una auténtica democracia que mirase por el bien común.

 

Creo que estoy soñando despierto.

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