El ministro-mafioso.

Con la mirada torva y la pose desafiante, vemos convertido a nuestro ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, Cristóbal Montoro, en un mafioso que lanza sus acusaciones veladas, a diestra y siniestra, con el fin de generar pavor, de acallar a los críticos y silenciar a los enemigos.

Primero fueron los medios de comunicación, posicionados frente a sus hachazos, a sus subidas de impuestos, a sus recortes en los servicios públicos y a su amnistía fiscal, sobre quienes dijo que “en vez de dar tantas lecciones de ética a través de editoriales lo que tienen que hacer es pagar religiosamente los impuestos en los plazos pertinentes”. Es decir, no me critiquéis, porque conozco hasta el más sucio de vuestros trapos. Pero nadie tembló, nadie tuvo miedo, y las críticas han seguido arreciando cuando cada medio lo ha considerado oportuno.

Después llegó la gala de los Goya, en la que hubo unas pocas reivindicaciones -¡que menos!-, tras las cuales, volvió a salir Montoro de entre las sombras para decir que  “algunos de nuestros famosos actores no pagan impuestos en España”. Sin dejar claro si era consciente de alguna ilegalidad, como mínimo trató de invalidar su opinión sobre los asuntos de su país, al tacharlos de poco patriotas. No tenéis derecho a alzar la voz, pues no contribuis a la hacienda del país, vino a decir. Pero, nuevamente, nadie tembló, y los actores, como todo el mundo de la cultura, han seguido con sus lógicas reivindicaciones.

Pocos días después, cuando respondía a preguntas en el Congreso por sus declaraciones sobre los actores, afirmó que  “todos deberíamos pagar fielmente los impuestos con la Hacienda pública”, algo que se entendió, por el momento y el tono, como otra amenaza velada, esta vez a los diputados de la oposición. Pero esta vez tampoco consiguió el silencio deseado.

Finalmente, ayer llegó su última puesta en escena, cuando aseguró que hay grupos políticos que “no pagan fielmente sus impuestos”. Otra amenaza velada en la que, como en todas las anteriores, brillaban por su ausencia las pruebas o el establecimiento claro de los posibles delincuentes, extendiendo la duda sobre todo el colectivo. Nuevamente, lo que buscaba era el silencio. Pero de nuevo nadie se arrugó, y la oposición en bloque cargó contra sus amenazas y le desafío a que presentara pruebas.

Y si nadie se agazapa ante las amenazas del Ministro, que quiere ser Vito Corleone y no llega a Fredo, tendremos que pensar que es porque no tiene nada. Solo palabras huecas. Sucias y huecas. Solo el objetivo de esparcir con el ventilador la ponzoña que anida en su partido en forma de trajes, sobres y cuentas en Suiza.

La única conclusión lógicas de todo esto es que ningún país se merece un ministro-mafioso, que quiere generar miedo, y lo único que provoca es pena y vergüenza ajena.

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