Dogma de fe

Durante años he vivido bajo la ilusión de que los dogmas de fe –que usando la definición de la Wikipedia indican una creencia, doctrina o proposición sobre cuya verdad no se admiten dudas- habían quedado circunscritos a las religiones. Que en las ciencias, tanto en las naturales como en las sociales, eran solo el recuerdo de la necesidad de llenar el vacío de la muerte de Dios, en el sentido nietzscheano. Por ejemplo, en el estudio de la Historia, cuando la Divina Providencia fue desbancada de su púlpito fue sustituida por una atea divinidad: el Progreso. Ni siquiera los marxistas si libraron de estas nuevas teocracias, y muchos se alejaron del espíritu crítico para tratar a las palabras de Marx como a los dogmas de un Mesías. Pocos entendían entonces lo que era una ciencia crítica y ecléctica, libre de dogmas. Y poco parece que hemos avanzado.

Donde más se observa, quizás por la coyuntura, esta dogmatización del pensamiento es en una ciencia tan humana como es la Economía, pues muchas veces, al entrar en una discusión sobre los causas y las soluciones a la crisis que padecemos, si la tendencia militante del interlocutor la encontramos entre el liberalismo clásico y el más despiadado anarco-liberalismo, chocaremos una y otra vez contra la misma pared: su dogma de fe.

Y como todos los dogmas, este es fácil de entender y de asumir, lo que posibilita de manera enorme su difusión. Básicamente, se basa en un punto, el recorte en las cuentas públicas va a ser positiva, explicado de la siguiente manera:

El excesivo peso de la administración pública ha generado (al menos parte de) la crisis, pues absorbe todo el crédito disponible en el sistema, lo que ahoga a la economía productiva, incapaz de entrar en condiciones favorables en los flujos de crédito. Por lo tanto, una reducción drástica del peso de la administración conllevará un aumento del crédito disponible, lo que posibilitará una reactivación de la economía, lo que traerá consigo una reducción del paro, lo que aumentará la capacidad adquisitiva del conjunto de la población…

Y así sucesivamente.

Ninguna prueba empírica sustenta esta teoría. En sitio alguno donde se haya llevado a cabo ha tenido éxito, y Latinoamérica es buena prueba de ello, especialmente Chile y Argentina. Grecia acabará estallando (más aún) harta de la miseria que se la ha impuesto. Portugal y España llevan el mismo camino. En el norte de Europa sorprende que esos estallidos no hayan acontecido ya. No entienden las sólidas redes familiares que sustentan a nuestras mediterráneas sociedades. Ni el peso de la economía sumergida.

Y pese a todo ello, pese a la falta absoluta de empirismo, los defensores de este dogma mantienen su fe en él y en sus bondades, como si fueran sacerdotes que exhortan sobre las Epístolas de San Pablo, y le defienden sea donde sea, independientemente del contexto, como demuestran los planteamientos de la derecha política en las campañas electorales que estamos viviendo en España, con el horizonte puesto en las elecciones de Galicia y Euskadi –en Cataluña la pelea es otra- y en Estados Unidos.

Dicen que la fe mueve montañas. Solo espero que este dogma de fe no acabe con nuestras vidas, segadas por un alud de austeridad.

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